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La epigenética o el poder de cambiar

Jordi Abarca

“Si puede, no vaya al médico”


A estas alturas, ya todos tenemos claro que venimos al mundo marcados por la genética. Pero no todos tenemos tan claro que el ambiente también tiene mucho que decir, o más bien dicho, tiene la misma importancia. Nuestra salud es el resultado de infinidad de interacciones dinámicas entre sus genes y el medio en el que vive.



Los genes son unidades funcionales del ADN que conforma el genoma humano. Contienen información que dirige las actividades celulares básicas del organismo. Nuestra información genética queda grabada en nuestras células, pero solo expresa una parte de la formación genética. En cada célula se expresan unos determinados fragmentos pero, ¿quién decide estos fragmentos?


Hay una parte de la genética que viene heredada y se transmite de padres a hijos, pero hay otra parte que podemos modificar nosotros mismos con nuestras acciones de cada día. Esta parte es un nuestro estilo de vida. Decidimos lo que se produce y lo que no dentro de la célula. Estas variaciones de la célula son la epigenética (el prefijo griego “epi” significa “por encima”).


Epigenética se define como el estudio de los cambios que activan o inactivan los genes sin modificar la secuencia del ADN, a causa de la edad y la exposición a factores ambientales. El término “epigenética” fue propuesto por primera vez por Conrad Hal Waddington, paleontólogo y genetista británico, en la década de 1940. Este término lo podemos comparar con el lenguaje, donde el ADN son las palabras y las modificaciones son los acentos.



Pero, ¿cómo se produce? Todo material genético está enrollado en una serie de proteínas llamadas histonas que, por cierto, están muy bien protegidas. Los genes se enrollan alrededor de estas histonas y estas se ajustan o aflojan para controlar la expresión genética. Según lo que hagamos nosotros en nuestra vida diaria podremos crear y provocar ciertas interferencias entre este material genético y las proteínas. Si generamos interrupciones de las histonas, podremos interferir positivamente en obtener una buena salud.


Cuando nosotros vamos copiando nuestro material genético, hay siempre una cadena con un inicio y un tope final. Lo más importante es saber que según lo que yo coma, si realizo actividad física y si mantengo relaciones personales saludables, puedo modificar los genes con la epigenética y crear una nueva copia en mi cadena.


Por ejemplo, decido dejar de comer alimentos procesados: a partir de ese instante se generan unas sustancias que se denominan factores de transcripción. Estos factores se van directamente a un cromosoma y este se engancha a este nuevo fragmento. Entonces, como decido comer saludable, mando una nueva información y quiero que se copie. Si yo no hubiera provocado el factor de transformación, nunca se hubiera podido copiar. Nosotros siempre decidimos qué copiamos y qué no copiamos, esto es lo más interesante del tema.


Es el caso de dos gemelos con un mismo material genético, pero cada uno de ellos va tomando distintas decisiones y viviendo su vida en diferentes ambientes: acaban teniendo cada uno de ellos una salud diferente y un aspecto diferente.


Todos nuestros hábitos dependerán del compromiso que tengamos principalmente hacia nosotros mismos. Aquí aparece una de las grandes bifurcaciones de nuestra vida. ¿Qué camino escogemos? Nos decantamos por la calidad de vida, haciendo ejercicio, comiendo sano, disfrutando de buenos vínculos con otras personas, dejando de vivir en un estado permanente de estrés, pudiendo respetar las horas de descanso… O nos decantamos por el camino de la autoagresión, del no querernos demasiado, y pudiendo entrar en adicciones que no favorecen para nada a nuestra salud.


Lo importante es que las personas sepan que existe esta conexión entre nuestros hábitos y nuestros genes. Todo ello no es un factor puramente de suerte o mala suerte, nosotros tenemos mucho que decir para tener la posibilidad de revertir esta situación.



En este punto es muy interesante recordar que hasta hace poco la medicina alopática (la que trata las enfermedades por medio de medicamentos, radiación o cirugía) daba escasa consideración a todo lo que tenía que ver con la epigenética. Afortunadamente, los tiempos están cambiando, como dice Bob Dylan en su canción “The Times They Are A-Changin”. Sí que es verdad que otras medicinas, como la tradicional china, han defendido desde siempre la importancia de los buenos hábitos saludables.


También es importante destacar que todos tenemos un material genético heredado. Este material genético se puede modificar también negativamente más allá de la epigenética. Si se consumen alimentos procesados y se vive en zonas altamente contaminantes, se puede cambiar la información genética, que es lo que se define como mutación. Dichos cambios en los genes llamados mutaciones causan enfermedades.


En este artículo quiero destacar al Dr. Antonio Sitges Serra, Catedrático de Cirugía de la Universidad Autónoma de Barcelona y ex jefe del Departamento de Cirugía del Hospital del Mar. Cuenta con una extensa carrera como cirujano, con centenares de artículos publicados y autor de un libro con un título muy sorprendente: “Si puede, no vaya al médico” (Ed. Debate).


Él afirma -en una de las muchas entrevistas que le han hecho- cuestiones muy interesantes, como que la contribución de la Medicina a la esperanza de vida es limitada. Los expertos hablan tan solo de una influencia de entre el 15% y el 20%, de manera que un 80% de la esperanza de vida nos la jugamos en los hábitos, en nuestras adicciones, en las dietas, en el entorno y en el clima, es decir, lo que llamamos genéticamente las condiciones sociales de la enfermedad. El doctor Antonio Sitges afirma que en España vamos demasiado al médico, y que en realidad la prevención de la enfermedad está en nuestras manos.



¿Se puede transmitir el trauma por medio de los genes?


Comparto distintos estudios del por qué han llegado a la conclusión algunos investigadores de que los traumas de padres a hijos se pueden heredar genéticamente.


Primer estudio

Durante la Guerra de Secesión en EE. UU (1861-1865) unos 200.000 soldados estuvieron en campos de prisioneros. Como el de Andersonville (Georgia). Fueron tan duras las condiciones que el 40% de los prisioneros no salieron vivos. Hay estudios relativamente recientes, realizados por la Universidad de UCLA de Estados Unidos, que han podido demostrar -indagando en los archivos militares- que los hijos de los supervivientes de aquella atrocidad vivieron menos que los hijos de otros veteranos de guerra que no fueron prisioneros. Incluso estos fallecieron más jóvenes que sus hermanos nacidos antes de la guerra.


El Dr. Neil Youngson, investigador australiano, no relacionado con el estudio, habló sobre la epigenética y de cómo el ambiente y el estrés de los presos en un escenario de supervivencia marca cambios moleculares en los gametos que perjudican la salud de los adolescentes.


Lo curioso del caso, y sin aclararse a día de hoy, es que el trauma por tanto padecimiento solo lo heredaron los hijos varones. Las hijas fueron tan longevas como las del resto de los que no fueron a la guerra.


Segundo estudio

Al poco de terminar la Segunda Guerra Mundial, al norte de los Países Bajos, bajo el sometimiento alemán, se sufrió una horrible hambruna en ciudades como Ámsterdam y Rotterdam: las raciones de comida no llegaban a las 1000 Kcal. El hambre afectó a la fertilidad de las mujeres, y los hijos de las mujeres embarazadas nacieron con 300 gramos menos. Una vez adultos, su tamaño corporal fue más pequeño, con una fuerte incidencia de diabetes y esquizofrenia.


Tercer estudio

Una investigación realizada con 800.000 niños suecos comprobó que el trauma de perder a una madre o un padre deja consecuencias graves que heredan sus hijos. Observaron que los niños que quedaron huérfanos en los años anteriores a la adolescencia, tienden a tener hijos prematuros con menos peso que los que no perdieron a sus padres, atribuyéndolo al trauma psicológico que recibieron en el transcurso de su desarrollo.


La pregunta que me surge es:

¿Crecer en un ambiente familiar hostil, donde no se han respetado las necesidades instintivas de los hijos, puede perjudicar a los genes?


El impacto genético de tabaco, alcohol y drogas ilegales


Se ha comprobado en distintas observaciones que las sustancias psicoactivas dañan la expresión de nuestros genes, afectando especialmente al desarrollo de los bebés. En el caso concreto del alcohol y las drogas contribuyen al envejecimiento prematuro.



En una investigación sobre consumo de tabaco publicado en BMC Medicine (2020) por Johanna Le Peude, ella y su equipo examinaron la placenta de 568 mujeres divididas en tres grupos:

  • No fumadoras: 381 mujeres.

  • Ex fumadoras: 70 mujeres, que habían dejado de fumar en los tres meses anteriores al embarazo.

  • Y 117 mujeres que habían fumado en los tres meses anteriores al embarazo y durante el mismo.


Las conclusiones de ese estudio fueron:

- Tras dejar de fumar notaron alteraciones en 152 regiones del genoma humano. En las ex fumadoras el ADN parecía volver al mismo nivel que las no fumadoras.

- A pesar de dejar de fumar, se observaron solo 26 regiones del genoma humano que aparecían intactos.


Llegando a la conclusión de que si plantea concebir, mejor dejar de fumar, ya que los genes se ven afectados por el tabaquismo y pueden afectar al desarrollo del feto y del bebé.


La pregunta que me hago es:

¿El consumo abusivo de fármacos también puede alterar negativamente nuestros genes?



BIBLIOGRAFÍA

  • Artículo escrito en el PAÍS por Miguel Ángel Criado el 22/10/2018 con el título: Los hijos heredan el sufrimiento de los padres.

  • Artículo escrito en theobjective.com por María Hernández Solana con el título: Antonio Sitges-Serra: No hay que hacerse chequeos periódicos poque no han demostrado que reduzcan la mortalidad.

  • Artículo escrito en theconservation.com por Philippe Arvers el 27/7/22 con el título: El tabaco, el alchol y drogas cambian nuestro epigenoma

  • Apuntes de la asignatura de fisiopatología impartida por Carmen Perlasia de la escuela Li Ping de medicina china.

 

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